lunes, 26 de mayo de 2014

Un perro andaluz: el ladrido del surrealismo en el cine

Un perro andaluz (Un chien andalou en francés), es una película de veintiún minutos que dirigió Luis Buñuel con el apoyo de Salvador Dalí (ambos eximios representantes del arte surrealista). Su estreno se llevó a cabo en París allá por junio de 1929 en el Studio des Ursulines y, posteriormente, se presentó en el Studio 28, ubicado en la misma ciudad, durante nueve meses consecutivos. El cortometraje tuvo un éxito rotundo, pese a su escaso presupuesto (25 000 pesetas provistas por la madre de Buñuel) y consiguió granjearse el favor de la intelectualidad radicada en Francia (en una época en la que París era considerada la meca de la alta cultura).

Tal fue la popularidad de Un perro andaluz, que no faltó quien deslizara la afirmación que, a fuer de ello, se trataba de una película burguesa. A la sazón, cabe destacar, tanto burgueses como intelectuales despreciaban el cine. Los primeros por ser un espectáculo barato, y por tanto, accesible para la plebe. Los segundos en virtud de que sus historias se les antojaban frívolas y patéticas, toda vez que no estimulaban la reflexión ni resultaban acicate para cuestionamientos ni elucubraciones sofisticadas. Sin embargo, los modelos que se opusieron al paradigma de Hollywood (que ostentaba la hegemonía del cine mundial, por lo menos desde finalizada la Primera Guerra), terminaron por desaparecer al poco tiempo.

Sin duda, esta primera película de Buñuel, que fue muda hasta 1960, año en que se le incorporó Tristán e Isolda de Richard Wagner y un tango; marcó un hito en la historia del cine, pues no sólo rompió los esquemas narrativos clásicos, sino también la secuencia lineal del tiempo. En ese sentido, podemos advertir que los anuncios temporales que se muestran entre diversas escenas: “Érase una vez”, “Ocho años después”, “Hacia las tres de la mañana”, “Dieciséis años antes” y “En primavera”, son una burla de la estructura típica del relato filmográfico.

Según señalan Pérez Turrent y De la Colina en su libro Luis Buñuel: prohibido asomarse al exterior, la trama de esta obra, ícono y máxima expresión del cine surrealista, se empezó a hilvanar a partir de dos sueños. Uno de Dalí en que su mano expelía un enjambre de hormigas y otro de Buñuel, donde éste se veía con una navaja de afeitar seccionando el ojo de una persona. La intención era exhibir una secuencia de imágenes potentes y sugestivas, sin que las encadenara ningún sentido. De tal forma, cada espectador puede otorgarle un significado distinto e incluso sentirla de modo dispar si la vuelve a ver.

El propio nombre de la película, Un perro andaluz, no guarda relación alguna con ésta y fue utilizado por Buñuel por ser el título de un poemario inédito suyo, del cual recogió muchas de las representaciones que aparecen en el filme. Así pues, nos topamos de entrada con la destrucción de la lógica y la consiguiente imposibilidad –procurada deliberadamente por el cineasta aragonés– de realizar interpretaciones racionales o descubrir simbolismos encubiertos.

Para una cabal comprensión del proyecto surrealista llevado al séptimo arte, aparte de los aparentes enredos ya descritos, es menester explicar sucintamente el influjo del psicoanálisis de Freud sobre Buñuel y el movimiento que representa. El psicoanálisis, una de las escuelas psicoterapéuticas más importantes de la psicología, preconiza el rol preponderante del inconsciente sobre la vida anímica de las personas. En el inconsciente yace todo el material psíquico que ha sido reprimido por resultar intolerable: deseos, motivaciones, pulsiones, sentimientos y pensamientos. Este material se proyecta, es decir, se coloca fuera de uno, constantemente: en la transferencia durante la terapia analítica, en el marco de las relaciones interpersonales, en los sueños, el arte, etc.

En el arte la proyección resulta inevitable, de modo tal que el artista, a través de los temas que a él le escogen, no que él escoge, complace sus deseos hallando en su obra un sustituto de la satisfacción que le hace falta y deshaciéndose del superávit de energía que lo acongoja; en esa especie de sublimación. No obstante, el artista suele presentar sus afectos camuflados detrás de componentes culturales e historias verosímiles. Situación contraria ocurre con los surrealistas, cuya intención fundamental es revelar, mediante el arte, los misterios del inconsciente –indescifrables fuera de la terapia analítica–. Así, el surrealista evoca elementos aparentemente inconexos, aunque unidos por relaciones latentes inaccesibles a su conciencia, dada la acción defensiva de una suerte de autocensura. De suyo, el surrealismo (a diferencia del psicoanálisis) no pretendía dilucidar esas relaciones, sino presentar las imágenes en su estado crudo.

Ahora bien, ¿qué cosa es el surrealismo?: un movimiento artístico y cultural –o contracultural– que surgió en Francia en la década de 1920, en torno a la figura del poeta André Breton. Éste, lo define en su primer Manifiesto Surrealista como “Un dictado del pensamiento sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”. Su nombre francés, surréalisme, denota “por encima del realismo”, lo que permite apreciar que la traducción al español “surrealismo”, no es la más pertinente y en su lugar se debió optar por “metarrealismo”, “suprarrealismo”, “superrealismo” o “sobrerrealismo”.

Pese a que su precedente más cercano es el dadaísmo, corriente que impulsó en Suiza Tristan Tzara en 1916; la génesis de su columna vertebral se vislumbra con la emergencia del romanticismo en Alemania, a finales del siglo XVIII. Éste rechazó el excesivo valor atribuido a la razón y al intelecto que provocara la Ilustración. Colocó el énfasis más bien en los sentimientos y experiencias subjetivas y rompió con los valores culturales en nombre de la libertad. De manera que el contenido dejó de estar subordinado a las formas (en poesía, por ejemplo, perdió relevancia la rima y el metro y en el teatro, se debilitó la autoridad de las tres unidades aristotélicas: acción, tiempo y lugar). Asimismo, surgió la novedad de la obra abierta, que a diferencia de la obra cerrada, se prestaba a ser interpretada según las expectativas e intelecciones de cada espectador.

El dadaísmo, por su parte, puso en la diana la moral y la razón burguesa. Su principal objetivo fue impugnar los tópicos culturales existentes, formando una corriente revolucionaria antiartística que, a partir de un germen nihilista, negara y destruyera todo (incluso a sí misma). Se trataba, en rigor, del más genuino anarquismo artístico, cuyos representantes pretendían crear adrede obras incomprensibles. Su legado se mantiene vigente hoy en día, en el imperante cuestionamiento a todo tipo de cánones estéticos y la actitud irreverente de muchos artistas, que enarbolando la bandera de la espontaneidad, se involucran en toda clase de escándalos.

Sin embargo, el movimiento que encabezó Breton buscaba provocar más que destruir y, además, instituir un arte de lo inconsciente. Incluso con el paso del tiempo se convirtió en una actitud a tomar y una forma de vivir, disociando al extremo la emoción de la razón y privilegiando la primera. Tales condiciones determinaron que el surrealismo y su “ética del impulso”, establezca una enemistad irreconciliable con tres castas: los burgueses, pues imponen las normas que ellos se sienten impelidos a violar; el ejército, ya que protege el orden establecido (stablishment en inglés); y los curas o cualesquiera líderes religiosos, por hacer las veces de guardianes de la moral.

El deseo constituye un ingrediente gravitante de este arte que siempre ha de ser provocador y revulsivo, puesto que los surrealistas creían, como planteó Freud en El malestar en la cultura, que éste colisiona constantemente con la realidad. Entonces, evidencian en sus obras, la frustración inherente a la energía pulsional que no puede descargarse salvo mediante un atropello a los tabúes y normas sociales. De esta manera nos muestran el sentimiento de culpa que surge cuando, tras haber interiorizado éstas, cuyo fundamento es conferir seguridad a sus integrantes –que han notado su propia vulnerabilidad–; se transgreden en pos de la autocomplacencia. De allí que se conciba incompatible la vida en civilización con la plena satisfacción individual.

Para la presentación de esta “estética en estado salvaje”, el surrealismo se valió de una serie de técnicas (que se difundían entre sus adeptos). Dos de ellas se pueden apreciar en Un perro andaluz. A saber: el Cadáver exquisito, que consiste en que varios pintores dibujen las distintas partes de una tela o varios escritores compongan los diversos pasajes de una narración, sin conocer lo hecho por sus predecesores. Y el Collage, que se obtiene mediante el ensamblaje de objetos incongruentes.

En ese sentido, Ernesto Sabato en El escritor y sus fantasmas, observa que, con sus manifiestos y recetas, el surrealismo se volvió contra sí mismo. Sobre el particular escribe: No hay mayor conservatismo que el de los revolucionarios triunfantes y de la búsqueda de una autenticidad salvaje se desembocó en un nuevo academismo. Y más adelante sentencia: Una academia del surrealismo es algo así como una junta de buenas costumbres en el infierno.

El error más grave del surrealismo, según Sabato, fue asumir que se podía adoptar como guía para la vida, una doctrina que propugne la destrucción pura como consigna y el irracionalismo puro como método. No puede ser así, pues la vida en comunidad requiere el sacrificio del “yo” en favor del “nosotros” y la renuncia a las pulsiones en búsqueda del diálogo. Ello quedó clamorosamente evidenciado al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando en medio de ruinas y desolación, el hombre se sintió llamado a dejar de destruir. En sus palabras: No bastaba con preconizar la irracionalidad, que después de todo, la Gestapo la había practicado mejor que ellos: era menester darse cuenta de que si el hombre no era pura racionalidad, como pretendió una civilización maquinista, tampoco era pura irracionalidad. Sin embargo, también sostiene: Pero hay algo auténtico en el surrealismo que se prolonga y profundiza en la filosofía existencialista: la convicción de que ha concluido el dominio de la mera literatura y del mero arte, de que ha llegado el momento de colocarse más allá de las puras preocupaciones estéticas para enfrentar los problemas del hombre y su destino.

Actualmente, se puede percibir el influjo del surrealismo en lo que Vargas Llosa denominó La civilización del espectáculo. Sin duda, se trata de los rezagos de un movimiento que estuvo conformado por genios creadores de la talla de Breton, Buñuel, Dalí, Miró, de Chirico, etc., etc., y que dio forma a encomiables obras tales como Los placeres prohibidos, Rayuela, La persistencia de la memoria, Viridiana, entre otras. Rezagos, decía, que se insinúan en postulados surrealistas simplificados y distorsionados, puestos en práctica para hacer del caos una obra de arte. De ello se queja el novelista peruano (en el libro que intituló precisamente “La civilización del espectáculo”): Ya no existe criterio objetivo alguno que permita calificar o descalificar una obra de arte, ni situarla dentro de una jerarquía […] en la actualidad todo puede ser arte y nada lo es, según el soberano capricho de los espectadores.

Ibídem, menciona algunos ejemplos de esas lamentables creaciones que evidencian escases de ideas, limitadas habilidades técnicas y afán histriónico. Entre ellas, la pieza Santa Virgen María, donde se la presenta atiborrada de fotos pornográficas. El retrato de una infanticida, que Harvey diseñó con manos pueriles. La famosa Aceleración Cigótica, en que aparecen un grupo de niños andróginos con caras compuestas por falos erectos y aquellas urnas de cristal donde un ensamblador colocó huesos humanos y restos de un feto. Además, relata una anécdota esclarecedora: Un buen amigo, escultor cubano, harto de que las galerías se negaran a exponer las espléndidas maderas que yo le veía trabajar de sol a sol en su chambre de bonne, decidió que el camino más seguro hacia el éxito en materia de arte era llamar la atención. Y, dicho y hecho, produjo unas esculturas que consistían en pedazos de carne podrida, encerrados en cajas de vidrio, con moscas vivas revoloteando en torno. Unos parlantes aseguraban que el zumbido de las moscas resonara en todo el local como una amenaza terrífica. Triunfó, en efecto, pues hasta una estrella de la Radio-Televisión Francesa, Jean-Marie Drot, lo invitó a su programa.

Situémonos ahora en el contexto en que fue rodada y estrenada la primera película de Buñuel: París, 1929. A la sazón, se empezaba a germinar la Gran Depresión y las economías de Estados Unidos, Europa y la mayor parte del mundo; sufrían estragos devastadores. En los países entonces avanzados había tasas de desempleo de entre 20 y 30 por ciento o hasta más (semejantes a la que Grecia tiene hoy en día -2014-). La URSS, sin embargo, bajo el régimen estalinista, consiguió sortear de manera exitosa aquella crisis, por estar fuera del circuito económico capitalista. Incluso, según la propaganda oficial, gozó de un crecimiento económico prodigioso en plena depresión, durante el primer Plan Quinquenal.

Entre las consecuencias de la crisis del veintinueve estuvo el avance del fascismo en Europa. Cabe destacar que, mientras eso ocurría, Francia controlaba un vasto imperio colonial (el segundo más extenso, sólo superado por el británico), con dominios repartidos por el norte de África y África Occidental, el Medio Oriente, el Sudeste Asiático, el Caribe y el Pacífico Sur. Como nación vencedora de la Primera Guerra Mundial, se creía que contaba con el ejército más poderoso del mundo, pese a lo cual las huestes nazis lo desarticularon en menos de dos meses.

Un dato no menos importante es que recién en 1930, en la tierra del champagne, la población urbana sobrepasó a la rural. Entre tanto, París tenía aproximadamente 2 millones de habitantes. Asimismo, en 1928 se construyó la primera unidad vecinal dentro de la capital francesa (hasta entonces se ubicaban en su periferia). Pocos años atrás los urbícolas empezaron a trasladarse a los suburbios que se enlazaban a París mediante vías férreas (cuando el avión todavía era una novedad y los trenes se encontraban en su apogeo). 

En 1905, durante el período conocido como la III República, Francia se convirtió en el primer país donde hubo una flagrante separación entre Iglesia y Estado, cuando este último denunció el Concordato firmado con la Iglesia Católica. No obstante, en 1929, pese a que su Estado había sido stricto sensu laico por más de veinte años, las élites aún eran harto católicas. Eran tiempos en que, la comida internacional elegante era la francesa y, sin llegar a tener la prevalencia del inglés de hoy en día, normalmente la gente educada en Europa y América sabía francés, que, de hecho, era el idioma de la diplomacia.

En el campo del arte empezó a desvanecerse la convención de transmitir un mensaje completamente inteligible y unívoco. Así pues, Picasso, con Las señoritas de Avignon (1907), desestructuró los espacios y apeló a la imaginación de la gente para el recto entendimiento de su propuesta, abriendo paso a la revolución cubista. En la literatura, con el Ulises (1922) James Joyce desestructuró el relato a través un abordaje ecléctico. Y en la música, al menos desde 1908 con Schönberg, empezaron a ganar popularidad las composiciones atonales (aunque él prefería llamarlas “politonales”).

Retornando a Un perro andaluz, el propio Buñuel desestimó toda clase de explicación que se le pudiera dar y, quien esto escribe, no quisiera incurrir en el despropósito de esbozar una, pues devendría paradójico: implicaría buscar conceptualmente la rebelión contra el concepto mismo.

domingo, 30 de marzo de 2014

¿En qué momento se jodió el Perú?

Llevo unos días cavilando en torno a la pregunta vargasllosiana, y si bien no he conseguido hallar una respuesta definitiva, al menos tengo esbozada una provisional: en la guerra del 79. Cierto es que todos los acontecimientos históricos son susceptibles de ser explicados a partir de los sucesos precedentes, aunque, no menos cierto es que, abusando de dicha metodología, tendríamos que remontarnos al big bang para resolverle el problema a Zavalita. En virtud de soslayar semejante caricatura, concentrémonos en ese evento neurálgico.

Al finalizar la década del setenta del siglo XIX, ya había concluido en el Perú uno de tantos ciclos de prosperidad falaz –que diría Basadre–. La bendición y a la vez maldición de ser un país primario-exportador, sin ningún plan de contingencia ni visos de industrialización nos pasó la primera factura; la más cara, dolorosa y lamentable de toda nuestra vida republicana. Pero no aprendimos. A la sazón, el despilfarro irresponsable del dinero del guano, la escasa –si acaso no nula– inversión con miras a reducir las desigualdades socioeconómicas, la cuasi esclavización de los culíes –que terminaron por torcer a favor del invasor–, el descuido de la carrera armamentista y la falta de cohesión nacional resultante de la eterna miopía de la clase dominante; dispusieron las condiciones para que se suscite el más lúgubre trauma de nuestro inconsciente colectivo.

No mucho ha cambiado desde entonces. En vez de una nación parecemos un conjunto de tribus anarquistas. ¿Qué es una nación según una definición clásica? Un grupo de personas que sienten que su pasado, presente y futuro son comunes, que luchan por un mismo objetivo. Nótese que durante la Guerra del Pacífico, mientras los chilenos peleaban por Chile, los peruanos lo hacían por Cáceres o por Piérola o por Iglesias. Nuestro ejército era inferior en número pese a que nuestra población no lo era. La selva yacía eterna e inexistente, el patriotismo se evaporaba, la idea de resistir no se granjeó el favor popular; quizá de allí surgieron los versos de una Tacna resignada: Arequipeño valiente/ que al pie del Misti naciste/ en la Guerra con Chile/ ¿dónde mierda te metiste?

Al final, ¿quién fue el responsable de la derrota? Fuenteovejuna, porque ni con esfuerzos aislados ni con el heroísmo de unos pocos se puede ganar una guerra. Y lo que nos quedó fue el influjo y la inercia de la falta de solidaridad que sigue campeando dentro de nuestras fronteras. La consigna del “sálvese quien pueda”, la indiferencia frente a los “enemigos de clase” (¿o acaso no es una hipótesis plausible que fue un deseo latente de purificación étnica el que hizo voltear la vista a un costado a los capitalinos cuando Sendero Luminoso masacraba y desfalcaba a sus anchas en el interior del país?). En fin, una identidad frágil cuando no ausente, que indujo a la sociedad a endosar tremendo varapalo al talentoso –y poco conocido– escritor que osó reprender nuestra gastronomía (ah, el chivo expiatorio como cimiento de la vida colectiva) y que se atisba cuando juega la selección de fútbol.

Y es el fenómeno del fútbol que nos permite ver, a escala, esa dinámica tan propia de nuestro país: la ausencia de una clase stricto sensu dirigente, el esfuerzo de cada quien por jalar agua para su molino, el abandono de un proyecto nacional, la carencia de sinergia positiva y los desastrosos resultados de siempre. Mientras las autoridades de la Federación se esfuerzan por perpetuarse en el poder, los llamados equipos “grandes” se conforman con el dinero que les entra por la participación (casi siempre sólo hasta la fase de grupos) en la Copa Libertadores, la televisión, el campeonato local y la taquilla; sin proyección de futuro, desatendiendo casi completamente sus canteras. La descentralización del mercado de futbolistas parece una utopía, la prensa maníaco-depresiva se exalta desmesuradamente con la primera victoria y se suicida cinco veces en cada derrota, muchos de los seleccionados que vienen del extranjero únicamente piensan en chupar y joder (léase Farfán, Vargas, Pizarro, etc.), las jóvenes promesas suelen truncar su carrera por conferir preeminencia a la vida disoluta (Manco, Sotil, Gómez, etc).

¿Y qué decir de los hinchas? Totalmente sintomático, los más alienados de Sudamérica. En los bares, restaurantes y redes sociales, gritan los goles del Real Madrid y del Inter, celebran los triunfos del Barcelona y del Manchester, sienten propios los títulos del Milán y del Bayern. Lejos quedaron los tiempos en que los muchachos compraban y vestían las camisetas de Universitario y Alianza Lima, pues ahora exhiben con orgullo las del Arsenal o Juventus. Sin duda, la clase más enajenada no es, como creía Marx, la clase trabajadora; y cuando sus miembros se liberan del yugo de la explotación y sucumben ante el esnobismo burgués y el fetichismo de la mercancía, se enfrascan en una metaenajenación. Nada inusual en el Perú.

Coda: 

Torpedo 

HABLABA un diputado en el Congreso 
de Lima, Quito, Bogotá o Santiago, 
pues fiel memoria de lugares no hago 
y nada importa el sitio del suceso. 

—Si queréis gloria, libertad, progreso, 
a Roma Contemplad. Mirad qué estrago 
causa el puñal de un Bruto dando en pago 
de tiranía vil muerte a un obeso. 

¡Y Roma se salvó! Más un tunante 
de aquellos que en la barra echan venablos 
gritó, del aguardiente en los eructos: 

—Esa es grilla, señor preopinante, 
Si un bruto salvó a Roma, ¿cómo diablos 
no salvan a esta patria tantos brutos?

(Ricardo Palma)

sábado, 15 de marzo de 2014

¿Yo soy yo? ¿Y mis circunstancias?

Yo soy yo y mis circunstancias, afirmaba Ortega, y si no las salvo a ellas no me salvaré yo, sentenciaba. Este epígrafe del filósofo madrileño que circunscribe su propuesta de razón vital, a mitad de camino entre el idealismo y el realismo, destaca el papel fundamental e inexorable que juegan las fuentes extracerebrales de la mente en la constitución de la vida individual como realidad radical. A saber, la religión y sus dogmas, la sociedad y sus convenciones, la cultura dominante con su cosmovisión, el espíritu de los tiempos apoyado en sus valores de moda, las estructuras políticas y sociales con sus tabús y sus credos, la nación impregnada de tradiciones y traumas, la familia y sus complejos, etc., etc.

A fuer de ello Marcuse pregonaba que lo que está enfermo no es el enfermo sino la sociedad. Pablo Macera, por su parte, nos dice en Las furias y las penas, que en una sociedad enferma la conciencia consiste en sentirse mal y la salud resulta una forma de adaptación incorrecta y, por tanto, quien se sienta feliz viviendo en el Perú no es siquiera un tonto, sino un miserable. En ese sentido, cabría reflexionar sobre la pertinencia de la psicoterapia como método de normalización de una persona, a través de su readaptación a un entorno en el que se inducen, promueven, si acaso no enaltecen una serie interminable de psicopatologías.

La mística, a contrario sensu, promete una plenitud incondicionada y duradera al anacoreta. El budismo, verbigracia, ofrece eliminar el sufrimiento por medio del abandono del apego al deseo, las visiones dualistas y la falacia del “yo”. Sobre lo último, sostiene que al ser todos los hechos conditio sine qua non de los hechos subsiguientes y consiguientes, no puede existir una esencia o ser inherente perenne en un individuo (nótese aquí el germen marxista). Lo que hay es más bien una mente en la que se forma el recuerdo de una colección infinita de “yoes”. De manera que el camino en el que convergen la meditación y la contemplación, sirve tanto para vaciar al “yo” y notar su cualidad voluble, como para disipar cualquier emoción destructiva y garantizar la iluminación, independientemente de los propios fracasos, pérdidas, carencias o factores externos a la persona.

Alejandro Martín Navarro, sin embargo, nos previene de los peligros inmanentes del abandono del “yo”. Sobre el particular escribió: El vaciamiento del yo no puede hacerse sin vencer los registros introyectados por la sociedad en el mismo, y por tanto, sin merma de las capacidades sociales e históricas del hombre. Por eso el escenario de Oriente siempre es el hambre y la regresión, el desprecio de lo histórico y la condenación del devenir. Conviene advertir en este punto lo irónico que resulta olvidar que el hombre no es un ser ahistórico, dado que lo que fue determina lo que es, y en esa medida, lo que será; para aceptar su ubicación impotente dentro de una cadena de causas y efectos.

Así pues, con una visión teleológico-aristotélica de la vida, acaba siendo no menos que una obligación moral para uno, preguntarse dónde y cómo buscar la felicidad. ¿Será en el “yo”?, ¿fuera de él?,  ¿en las circunstancias?, ¿fuera de ellas? ¿O será factible una tercera vía? ¿Habrá que luchar con fusil en mano para crear un mundo más justo en el que todos podamos ser felices? ¿O besarle los pies al pragmatismo y asumir que nosotros y nuestro prójimo somos más importantes que nuestras ideas? ¿Vale la pena convertirse en un “ingeniero social”, que luche por este asesino desorganizado (diría Denegri) que es el hombre? ¿Hasta qué punto conviene ser el necio que preconiza Silvio Rodríguez o el hombre superior del que habla Confucio (ese que a pesar de saber que ello es imposible, sigue intentándolo)? Y, sin enzarzarnos en engorrosos análisis ucrónicos o contrafácticos, ¿no sería prudente cuestionarnos si hubiese nacido un Nuevo hombre de llegar al poder en Europa la clase trabajadora tras el término de la Primera Guerra Mundial? Definitivamente, no resta sino ir haciendo camino al andar.

Coda:

Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer?
Ah, desgraciadamente, hombres humanos,
hay hermanos, muchísimo que hacer.

(César Vallejo)

lunes, 1 de julio de 2013

Siempre el MISMO error

Se trata del adjetivo “mismo” y su tanto inaceptable cuanto incorrecto uso como pronombre. Uso que ha sido censurado y desestimado por la Academia, los lingüistas, los puristas del idioma y los amantes del buen decir; dado que la función pronominal no le corresponde. Veamos un ejemplo.

“La tradición del Inti Raymi une a nuestro pueblo. La misma, además, atrae muchos turistas”.

Podemos observar que con la anteposición del artículo, se sustantiva el adjetivo, de modo que cumple la función pronominal. Sin embargo, lo correcto sería colocar el pronombre correspondiente, sin más, de la siguiente manera:

“La tradición del Inti Raymi une a nuestro pueblo. Ésta, además, atrae muchos turistas”.

sábado, 22 de junio de 2013

¿Podrán pensar algún día los computadores?

He estado leyendo el libro Mente, cerebro y ciencia de John Searle. Como todos sabemos, Searle es un archienemigo declarado de los defensores de la Inteligencia Artificial Fuerte (quienes afirman que cualquier programa de computador podría funcionar igual como lo hace la mente humana). Y, debo decir, que me han parecido especialmente elocuentes los siguientes fragmentos de su tratado filosófico:

“La tentación es siempre pensar que la solución a nuestros problemas tiene que esperar a alguna, hasta ahora no creada, maravilla tecnológica. Pero de hecho, la naturaleza de la refutación (de la supuesta “potencialidad mental” de los computadores) es completamente independiente de cualquier estado en que se encuentre la tecnología […] Tener una mente es algo más que tener procesos formales o sintácticos. Nuestros estados mentales internos tienen, por definición, ciertos tipos de contenido. Si estoy pensando en Kansas City, o deseando tener una cerveza fría para beber, o preguntándome si habrá una caída en los tipos de interés, en cada caso mi estado mental tiene un cierto contenido mental además de cualesquiera otros rasgos formales que pueda tener […] La razón por la que un programa de computador jamás pueda ser una mente es simplemente que un programa de computador es solamente sintáctico, y las mentes son más que sintácticas. Las mentes son semánticas, en el sentido que tienen algo más que una estructura formal: tienen un contenido”.

Sobre esos razonamientos descansa toda su disertación y, en base a ellos, construye el argumento lógico con el que intenta demostrar que jamás un programa de computador, por sí mismo, podría formar una mente. Éste lo presenta de la siguiente manera:


Las premisas son:

1) Los cerebros causan las mentes.

2) La sintaxis no es suficiente para la semántica.

3) Los programas de computador están definidos enteramente por su estructura formal o sintáctica.

4) Las mentes tienen contenidos mentales; específicamente, tienen contenidos semánticos.


Y las conclusiones:

1) En base a las premisas 2; 3 y 4: Ningún programa de computador es suficiente por sí mismo para tener una mente.

2) En base a la primera premisa y la primera conclusión: El modo en que las funciones del cerebro causan las mentes no puede ser solamente en virtud de pasar por un programa de computador.

3) En base a la primera premisa: Cualquier otra cosa que cause las mentes debería tener poderes causales equivalentes al menos a los del cerebro.

4) En base a la primera y tercera conclusión: Para cualquier artefacto que pudiéramos construir que tuviese estados mentales equivalentes a los estados humanos, el desarrollo de un programa de computador no sería suficiente por sí mismo. Más bien, el artefacto debería tener poderes equivalentes a los del cerebro humano.


La artillería pesada, no obstante, del primer profesor en ejercicio en unirse al Free Speech Movement, no queda finiquitada con esta disquisición. Antes bien, su más reconocida contribución en el campo de la filosofía de la mente, es, sin lugar a dudas, la del experimento mental del cuarto chino.

Foto tomada con mi cámara del libro de Ricardo Braun
¿Qué soy yo? Una introducción a la filosofía de
la mente y de la psicologí
a (pág 156)
Dicho experimento mental podría ser presentado del siguiente modo: hay un sujeto hispanohablante que no entiende ni pizca de chino dentro de un cuarto con dos ventanas (colocadas una en el frontis y la otra en la parte posterior). Afuera del cuarto se encuentra un grupo de personas que lo utilizan como una suerte de traductor. Para ello, ocurre que, primero, meten un papel con un símbolo chino por una de las ventanas. Segundo, dentro del cuarto y con el papel en la mano, el sujeto busca en una enorme pizarra donde se consignan diversos símbolos chinos con su traducción al español al lado, cuál sería la traducción del símbolo recibido. Tercero, al encontrarla, la escribe en el papel. Cuarto, lo envía por la otra ventana.


Íbidem 

Después de presentar tal fabulación, su autor pregunta, ¿Sabe chino el sujeto? E ipso facto responde: no, puesto que manipular símbolos no implica entenderlos.

Sin embargo, José Luis Ferreira del blog Todo lo que sea verdad, quien ya se ocupó del tema, propuso lo siguiente: si las preguntas de los usuarios fueran bastante variadas, tipo “¿qué es la filosofía?” o “¿te gusta el té verde?”, el programa no podría prever todas los inputs posibles y tendría que hacer las veces de “Google”, utilizando palabras clave de las preguntas, para encontrarles respuestas adecuadas.

Este planteamiento empieza a poner en apuros a, quienes apoyados en las tesis de Searle, asumen que independientemente del estadio de la tecnología, los computadores jamás podrán pensar o tener mentes. Pero para terminar de meter el dedo en el ojo, Ferreira echa mano del célebre Test de Turing y arguye que, si la conversación pudiera seguir cualquier formato, y los inputs no fueran solo preguntas y contuvieran instrucciones cada vez más complejas, como en cualquier conversación cotidiana; los algoritmos que permitiesen las respuestas pertinentes constituirían inexorablemente el conocimiento de la lengua china (de la escrita, dice, para ser fieles al ejemplo).

domingo, 16 de junio de 2013

A tal señor, tal honor

Cualquier interesado en la Historia de la Psicología (entre otras áreas de la ciencia que estudia la conducta y los procesos mentales), podrá encontrar en la vasta obra del psicólogo peruano Ramón León Donayre, La literatura psicológica del siglo XX; una mirada, una serie de reseñas y artículos noticiosos y substanciosos. Escritos desde 1976 con la característica sobriedad, claridad y actitud crítica del sexagenario profesor. Algunos títulos llamativos del índice, tales como ¿Ayuda la psicoterapia a los pobres?, ¿Ofrece la psicología la felicidad?, ¿Quién fue quién en la primera hora del Psicoanálisis?, Vygotsky, el marxismo y la psicología soviética, La vida del padre de la sexología, La psicoterapia en la Alemania de Hitler, Del alma al cerebro, La investigación psicológica en China, etc., etc., anuncian pues, el manjar de lectura que espera a quien esté dispuesto a discurrir, a través de las más de setecientas páginas que ofrece el libro, al lector ávido y diligente.

Sin embargo, quien esto escribe, no sólo halla en tal encomiable contribución la síntesis crítica de decenas de trabajos publicados desde diversas latitudes –muchos de ellos inéditos en idioma español–, sino también, y principalmente, el regalo, dedicatoria incluida, de un maestro. De un maestro que con su ejemplo, día a día, da cátedra de solidaridad, resiliencia, esfuerzo, perseverancia y afabilidad. De un maestro que pese a su erudición, demuestra las bondades de la humildad, la discreción y la cortesía. Toda vez que su particular forma de ser adicto al conocimiento, resulta acicate y estímulo para dejar de lado las afirmaciones audaces, para describir antes que juzgar, para encontrar el placer que ofrece la lectura voraz y buscar siempre el reposo de la sabiduría.

Por eso, en estas horas tan duras que le han tocado vivir a este futuro colega, antaño quien me enseñara Sistemas Psicológicos, y hogaño contertulio de largas charlas de cafetín; me ha conmovido toparme con las siguientes letras que empiezan en la página 291 del antemencionado libro:

 “Todos hemos tenido un maestro, y si no lo hemos tenido hemos experimentado el anhelo de tenerlo […] Juan tuvo a Cristo, Platón tuvo a Sócrates; Aristóteles a Platón. Beethoven, arisco, huraño y solitario, besó una noche en público la mano de Haydn; Eloisa tuvo a Abelardo. Schopenhauer encontró en El oráculo, manual y arte de prudencia a su maestro, Baltasar Gracián, Ignacio de Loyola lo halló en Tomás de Kempis, el autor de La imitación de Cristo. Freud tuvo a Charcot.

[…]  No importa cómo sea él. El maestro nos seduce, sin quererlo, sin pretenderlo; se nos impone en la mente y en el corazón; y nosotros, lenta, imperceptiblemente, nos dejamos ganar por él. De modo tal que él, aunque muerto, sigue viviendo en nosotros. Con tanta intensidad que más de una vez, al escribir una línea, al colocar una coma, al proponer un concepto, o sencillamente al pensar en algo, nos asalta la certera sospecha de que no somos nosotros los que colocamos la coma y escribimos la línea, los que pensamos o proponemos el concepto, sino que es nuestro maestro el que se vale de nuestro cerebro para seguir pensando, de nuestros labios para seguir enseñando, de nuestras manos y de nuestros lápices para seguir escribiendo.”

domingo, 9 de junio de 2013

Publicación en "Delirium Tremens"

No he podido detenerme a escribir este fin de semana, pero no quiero dejar de postear una entrada. Por eso aprovecho para anunciarles que han publicado dos escuetos poemas míos (aunque con un par de erratas, jeje), en la página 20 de la última edición de la revista literaria Delirium Tremens. La pueden descargar en pdf desde aquí.